Por María de Jesús García Velázquez
El concepto de dignidad humana ha sido objeto de diferentes posturas y profundos debates y discusiones a lo largo de la historia. Algunos argumentan que esta cualidad es una condición inmutable e inherente al ser humano, mientras que otros sostienen que es un valor que se puede perder cuando se ejerza contra el hombre un acto denigrante. Incluso, entre los estudiosos e intelectuales existe confusión y divergencia en cuanto a su definición.
Es habitual que en algunas noticias o testimonios sobre temas que destaquen un trato vejatorio se incluyan frases como “le arrancaron su dignidad”, “perdió su dignidad”, etcétera. Estas frases nos llevan a reflexionar sobre el significado y la fragilidad de la dignidad humana en situaciones extremas. ¿Puede la dignidad realmente desaparecer o ser arrebatada? Exploraremos este tema considerando las perspectivas que lo envuelven.
De acuerdo al artículo 1° de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada y proclamada el 10 de diciembre de 1948, «todos los seres humanos nacen iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros».
El postulado de este artículo está claro para quienes no sólo entienden, sino viven la dignidad humana en un sentido amplio, adheridos a su esencia. Sin embargo, hay otros individuos y sociedades a quienes este concepto no les resulta tan claro y, mucho menos, conveniente para sus intereses. De ahí que desde tiempos inmemoriales se hayan cometido y aún se cometan reprochables atentados contra la dignidad humana.
Evidente es que la malevolencia en todas sus formas debe ser reprobada y perseguida con firmeza y, de ser posible, extinguida. No obstante, es necesario aclarar que ni siquiera los actos ominosos le despojan al hombre de su dignidad.
Ciertamente, resulta imposible negar la evidencia histórica que exhibe la capacidad del ser humano para perpetrar una serie de brutalidades en perjuicio de su propia especie. A modo de ilustración, podemos mencionar algunos ejemplos:
- Se habla de esclavitud desde la época sumeria, en la civilización de Mesopotamia 2.000 años antes de Cristo, lo que revela que la negación de la dignidad ha persistido a lo largo de los siglos.
- La guerra se nos presenta como la más antigua y desalmada de todas las relaciones internacionales. A través de los tiempos, ha arrasado con millones de vidas perpetrando las escenas más oscuras de la humanidad.
- La desigualdad social, política y económica de nuestros tiempos se ha convertido en el común denominador de las sociedades oprimidas del planeta intentando socavar de manera sistemática la dignidad de las personas.
- Y así, mientras abordamos la lista de las luchas del pasado y del presente, nos encontramos con una sombra aún más lóbrega: la trata de personas, uno de los más graves delitos contra los derechos humanos que se ha ganado el nombre de “la esclavitud de la modernidad”. Este delito afecta a mujeres, hombres y niños de todo el mundo. El artículo tercero del Protocolo para prevenir, reprimir y sancionar la trata de personas, especialmente mujeres y niños, que complementa la Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacional define la trata de personas como «la captación, el transporte, el traslado, la acogida o la recepción de personas, recurriendo a la amenaza o al uso de la fuerza u otras formas de coacción, al rapto, al fraude, al engaño, al abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad o a la concesión o recepción de pagos o beneficios para obtener el consentimiento de una persona que tenga autoridad sobre otra, con fines de explotación».
Tan solo en este último delito nos encontramos con datos inquietantes. Según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC por sus siglas en inglés), la trata de personas mueve alrededor de 32 mil millones de dólares a nivel mundial, lo que la sitúa entre los delitos más lucrativos del mundo tras los de armas y drogas.
Además, la activa participación de un gran número de países europeos como consumidores líderes genera verdaderos escalofríos, ya que, de acuerdo con el Informe la Globalización del Crimen, publicado por UNODC en el 2010, los principales países de destino para la explotación sexual de víctimas de la trata de personas -provenientes de Sudamérica- son España, Italia, Portugal, Francia, Países Bajos, Alemania, Austria y Suiza.
La realidad es que cualquier acto que menoscabe la dignidad humana resulta inaceptable y debe servir como una llamada urgente a los defensores de los derechos humanos, líderes políticos, autoridades y la sociedad en su conjunto para intensificar sus esfuerzos en apoyo de los más desprotegidos.
Para muchos, estos actos inhumanos, sirven de argumento para reafirmar su postura, insistiendo en que el hombre ha perdido su dignidad humana al ser víctima de atrocidades; sin embargo, quien confunda el concepto de dignidad humana creyendo que puede arrebatarla y/o quien no haya absorbido su significado real y profundo son precisamente quienes con mayor facilidad atentarán contra ella.
Una persona no adquiere o pierde dignidad en función de variables, sino que tiene dignidad por el simple hecho de ser persona y nadie tiene el derecho de atentar contra ella, ni el poder de saquearla puesto que es una sustancia inmanente a la naturaleza humana. El teólogo y filósofo franciscano San Buenaventura explica que «la persona es la expresión de la dignidad y la nobleza de la naturaleza racional. Y tal nobleza no es una cosa accidental que le fuera sobreañadida a esta naturaleza, sino que pertenece a su esencia».
Llegados a este punto, nos enfrentamos con un campo más amplio, el plano espiritual y filosófico, espacio que no cesa en su afán de dilucidar en torno a la dignidad humana.
El filósofo Hernán R. Mora Calvo, en su artículo titulado Juan Pablo II: Apostillas filosóficas a su concepto de dignidad humana, presenta el concepto de dignidad humana desde la fe cristiana y defiende que «no es un fundamento materialista, ni biológico, ni económico; su dignidad se inicia al aceptar al hombre y a la mujer como seres creados (criaturas) por un Dios providente, que les ha creado a su imagen y semejanza; en esa realidad que es realidad ontológica, se cifra la dignidad humana: el hombre es creado por Dios, con dignidad, para que viva en dignidad […]».
Esta afirmación rebasa todos los fundamentos de la dignidad humana al equiparar al ser humano con su mismísimo creador. No podemos olvidar que occidente hunde sus raíces en una larga trayectoria cristiana y filosófica que se ha esforzado durante siglos en rescatar con fuerza el concepto de dignidad humana, situarlo en su perfecto espacio y ascenderlo con un alto grado de justicia.
En este sentido, no nos puede sorprender hallar en la Biblia pasajes que concuerdan con los mensajes que promueven la reivindicación de la dignidad humana. «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies», reza el Salmo 8, 5-7.
Un reto social
Es un hecho que, en numerosas ocasiones, los seres humanos han optado por desviarse de su auténtica naturaleza, intentando damnificar tanto su propia dignidad como la de sus semejantes. Por ello, es fundamental que, sobre todo, los padres y educadores, responsables de la noble tarea de educar y elevar las conciencias, no se permitan trivializar el concepto de dignidad humana. Por el contrario, deben comprender con claridad que la dignidad es un elemento intrínseco de la condición humana y, como tal, tienen la obligación de transmitir este conocimiento a los niños y adolescentes. Los jóvenes deberían encontrar en sus progenitores y mentores modelos que refuercen los valores morales y los derechos humanos.
Los niños y jóvenes a los que sus familias y el sistema educativo no les ofrezcan las herramientas necesarias para defender su dignidad y la del prójimo, corren el peligro de masificarse, de perderse en la inconsciencia del mundo, de sumarse a los que son arrastrados por la marea mediocre del conformismo y el relativismo; serán una juventud perdida, que no reconoce el valor del ser humano, que no promueve el respeto, ni el propio ni el comunitario. Será una juventud que se unirá a las causas injustas, que defenderá el mal y despreciará los actos puros. Un niño sin bases morales se convertirá en un adulto denigrado y que denigra su entorno, sin orgullo por ser persona, sin respeto a ningún ideal noble.
Si los políticos o los medios de comunicación masiva no entienden y no defienden la dignidad y los derechos humanos, sin lugar a duda nos enfrentamos a un problema de una gravedad extrema. Ahora bien, si son los profesores y los padres de familia los que no entienden, ni viven el concepto de dignidad humana, nos encontramos ante una tragedia moral sin precedentes que se reproducirá en la juventud, los futuros adultos de los que dependen los destinos de la sociedad.
Lamentablemente, percibimos una sociedad que no promueve con firmeza el respeto entre sus miembros ni se esfuerza por asegurar que cada individuo ocupe su legítimo lugar en el mundo, con pleno reconocimiento de todos los derechos inherentes a su dignidad.
La definición de dignidad humana, señalada por el doctor en medicina Joan Vidal-Bota, miembro de la Asociación Catalana de Estudios Bioéticos, nos puede servir de guía para recordarnos cuán intrínseca es esta cualidad a nuestro ser:
«La dignidad humana es un valor singular que fácilmente puede reconocerse. Lo podemos descubrir en nosotros o podemos verlo en los demás. Pero ni podemos otorgarlo ni está en nuestra mano retirárselo a alguien. Es algo que nos viene dado. Es anterior a nuestra voluntad […]. Por eso mismo, aún en el caso de que toda la sociedad decidiera por consenso dejar de respetar la dignidad humana, ésta seguiría siendo una realidad presente en cada ciudadano. Aún cuando algunos fueran relegados a un trato indigno, perseguidos, encerrados en campos de concentración o eliminados, este desprecio no cambiaría en nada su valor inconmensurable en tanto que seres humanos».
Si el ser humano se reconociera como lo que realmente es: un ser dotado de dignidad, con una misión y una vocación en la tierra, con plenos derechos y la obligación irrebatible de buscar la felicidad, actuaría en beneficio tanto personal como colectivo, siempre en defensa de la libertad.
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