Por María de Jesús García Velázquez
Tras los cinco días de circo y berrinche montados por Pedro Sánchez amenazando con dejar la Moncloa, sale y dice que se queda. Muchos ciudadanos, que esperaban y hasta rezaban por su dimisión, se sorprendieron al escuchar la decisión de continuar su legislatura porque verdaderamente creyeron que se atrevería a dimitir. Honestamente, a mí lo que me habría sorprendido es que este político narcisista hiciera por primera vez algo humilde en su vida, ¿de verdad nos creímos que Sánchez iba a tener la decencia de reconocer sus errores, pedir perdón y marcharse? Ha dado tantas muestras de obsesión por el poder que me resulta difícil imaginarlo renunciando a su cargo.
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Los métodos empleados por Sánchez, tanto para amenazar con marcharse como para permanecer, son igualmente censurables. Su retiro de cinco días, anunciado mediante una carta cursi, no oficial y llena de chantajes, buscaba manipular nuestras emociones para obtener simpatía para él y su familia. Y su subsiguiente discurso de permanencia en su cargo, cargado de sentimentalismo barato, así como de mentiras y proselitismo político, solo confirma cómo ha sido capaz una vez más de tejer una estrategia manipuladora para intentar convencernos de su victimismo y apoltronarse en el sillón del poder. En ambos casos, Sánchez ha recurrido a tácticas propias de regímenes dictatoriales, en lugar de echar mano de las sanas costumbres democráticas.
Si observamos las declaraciones presentadas en su discurso, nos encontramos una vez más con un Sánchez experto en la artimaña. Un Sánchez, que, aunque critica los bulos, él mismo los inventa descaradamente para respaldar sus argumentos y falacias.
Por ejemplo, en días pasados, Sánchez aseguró que Alberto Núñez Feijóo declaró en Onda Cero que su mujer, Begoña Gómez, “debería quedarse en casa sin trabajar”. Con el fin de reivindicar este bulo, durante su discurso de permanencia, Sánchez envió un mensaje a Feijoó diciendo que “[…] si permitimos que se vuelva a relegar el papel de la mujer al ámbito doméstico teniendo que sacrificar su carrera profesional en beneficio de la de su marido, si, en definitiva, permitimos que la sinrazón se convierta en rutina, la consecuencia será que habremos hecho un daño irreparable a nuestra democracia”.
Sin embargo, una vez más Sánchez miente, ya que lo que realmente manifestó el líder del PP fue lo siguiente: “No, evidentemente [no le voy a pedir a mi mujer que deje de trabajar si soy presidente del Gobierno]. Ahora bien, lo que sí le voy a pedir es que no tenga contratos con la Administración Pública. Y lo que le voy a pedir es que, si tiene sponsor para hacer su trabajo, y resulta que esos sponsors son posteriormente adjudicatarios de la Administración Pública, eso no se lo voy a consentir […]”.
Asimismo, durante su discurso, Sánchez agradeció “la movilización social” y aseguró que ésta había “influido decisivamente en su reflexión” y su decisión de quedarse “con más fuerza si cabe”.
Ante estas palabras, Sánchez ha demostrado una vez más que él solo escucha las voces que le convienen, las que le aúpan y le asisten en sus fines, las de las minorías, las de los independentistas que buscan quebrar a España, las de los proetarras que intentan validar los crímenes de inocentes, las de los políticos acomplejados e inútiles que sin un cargo en el Gobierno no serían capaces de labrarse un futuro porque no tienen preparación. Pero, Sr. Sánchez, yo le pregunto, ¿qué pasa con las miles de voces que le piden su dimisión?, ¿esas voces no influyen en sus reflexiones?, ¿qué pasa con las miles de voces que durante más de dos semanas se manifestaron en el mes de noviembre en la sede del PSOE en contra de la oscura ley de amnistía rogándole que recuperara la cordura?, ¿esas voces no tienen valor?, ¿no se le llena a usted la boca diciendo que es un presidente democrático?, ¿qué es la democracia?, ¿no es un gesto democrático escuchar las voces de todos los ciudadanos y no las de unos cuantos?
Por si fuera poco, Sánchez defiende que no vale la pena gobernar “si aceptamos todos, como sociedad, que la acción política permita el ataque indiscriminado a personas inocentes. Si consentimos que la contienda partidista justifique el ejercicio del odio, de la insidia y de la falsedad hacia terceras personas, entonces no merece la pena. Si las mentiras más groseras sustituyan el debate respetuoso y racional basado en evidencias, entonces no merece la pena”.
Ante esta hipócrita reivindicación, sería conveniente que Sánchez se aplicara el cuento, ¿le tembló la mano a Sánchez para pedir en repetidas ocasiones la dimisión de Ayuso por el supuesto fraude de su novio sin haber confirmado si las acusaciones contra este ciudadano eran falsas?
Sánchez encabeza la cacería política contra sus adversarios y no usa la misma vara de medir para todos. Su prepotencia, su soberbia y su egocentrismo le despegan del suelo y de la realidad. Además, sus intentos de intimidar a la justicia, a la oposición y a los medios de comunicación no afines a su Gobierno también son argucias dictatoriales que no deben pasar desapercibidas.
Respecto a las acusaciones de corrupción en contra de la mujer de Sánchez, Begoña Gómez, surge una pregunta sencilla: ¿no es esta señora una ciudadana igual que todos? Sánchez debería mantenerse al margen, reservarse sus chantajes y dejar que los jueces hagan su trabajo. ¿O acaso Sánchez espera que la justicia le conceda privilegios a Begoña Gómez por ser la esposa del representante del ejecutivo?
Ahora bien, si la justicia confirma que Begoña Gómez ha cometido los delitos que se le imputan, es momento de que Sánchez asuma su responsabilidad política, redacte su próxima epístola y, por favor, que se asegure que esta vez sí sea de despedida. Eso sí que merecerá la pena.
Necesitamos a un presidente de Gobierno, no a un dictador bolivariano.
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